|
Oración: No lo soltaré Scott Lyons 5/1/2012
La oración es más que palabras, ya sea que esas palabras sean espontáneas o leídas de un libro. La oración no se convierte en oración hasta que brota del corazón. Algunos juzgan equivocadamente a los que recitan oraciones escritas como si estuvieran haciendo algo hueco o vano porque no pueden ver el corazón de los que las están orando. Pero la oración espontánea, en sí misma, también está muerta, no tiene vida y es vana —solo es un ejercicio mental o de elocuencia—, a menos que fluya del corazón. He dicho oraciones desconsideradas y extemporáneas (o he estado preocupado por cómo me ven los otros), y he estado presente con todo mi corazón en oraciones recitadas. No es lo que oramos lo que hace vana la oración, sino cómo lo oramos. Ore desde su corazón. Ya sea con sus propias palabras o las de alguien más, conviértalas en suyas. Ore desde su corazón.
Nuestro Señor nos llama a orar continuamente (Lucas 21:36). Pablo hace eco de la llamada (1 Tesalonicenses 5:17). Pero, ¿qué es orar? Orar no es algo producido sólo por la boca, por mis cuerdas vocales, lengua y labios. La oración es algo integral, una unidad, una plenitud. Nunca es un acto espiritual completo para nosotros, ni siquiera la oración privada y mental, porque somos carne y sangre. Para que la persona humana ore correctamente, el cuerpo necesita estar involucrado.
Las oraciones recitadas y de memoria pueden adoctrinarnos en medio de la aparente inconstancia de la vida. Puedo orar el Padre Nuestro cuando nace un bebé y puedo orarlo cuando muera (aunque es posible que en un principio solo pueda expresar lágrimas y gemidos). La oración es una lección sobre la vida. Requiere trabajo. Uno crece en la oración. Se vuelve más versado en ella. Es enseñado por ella. En nuestra vida, la solitud y el silencio parecen insignificantes y, por consiguiente, también la oración. Y más allá de nuestra lucha contra el silencio, también debemos luchar constantemente en contra de la acedia, esa languidez, inquietud y hastío espiritual. Así que la oración, y específicamente la oración diaria (o una disciplina de oración), nos adoctrina. Nos hace más conscientes de nuestros pensamientos y actitudes. Y la oración diaria y constante, como la necesidad de un mendigo o de alguien que ama, nos enseña a través de la naturaleza misma del compromiso a orar. Esta enseñanza es la naturaleza de las disciplinas espirituales y de cualquier disciplina. Aprendemos sobre nosotros mismos y tenemos la oportunidad de crecer espiritualmente cuando hacemos algo, aun cuando no nos sintamos con ganas de hacerlo, como lo dice el salmista: «[los que] mantienen su palabra aunque salgan perjudicados» (Salmo 15:4, NTV).
En mi boletín semanal de la iglesia aparecen las palaras en latín tenui nec dimittam. Es una línea del Cantar de los Cantares: «Lo tomé y no lo soltaré » (NTV: «Lo tomé y lo abracé con fuerza», 3:4). La línea alude a la lucha de Jacob con el ángel cuando le dice que no lo dejará ir hasta que reciba una bendición. Aquí, sin embargo, la joven abraza al amado no para obtener una bendición, sino porque el amado es la bendición en sí. Porque no hay ninguna bendición que satisfaga a la joven excepto el amado. Esta es la razón por la que oramos, hermanos y hermanas, y así es como hemos de hacerlo.
|