Jesús y el hombre feo y maloliente que sufría – Lucas 5:13
Jack Klumpenhower
2/23/2012

¿Se olvida usted algunas veces de lo maravilloso que es Jesús? A mí me pasa. Podría contarle historias de la Biblia acerca de él, pero en mi vida diaria pierdo de vista lo sobrecogedor que él es, y lo increíble que es pertenecerle; mi asombro por él se va apagando y comienzo a aburrirme.

Cuando eso ocurre, una de mis mejores soluciones es regresar a alguna de esas historias bíblicas que conozco tan bien. Si la leo cuidadosamente y me fijo en los detalles, hasta una breve historia sobre Jesús, a menudo es suficiente para maravillarme del hombre que él es.

Así que hagamos eso. He elegido una historia en la que Jesús se encuentra con un leproso.  Prepárese para volver a sentirse maravillado.

Lucas nos relata que Jesús estaba en una aldea cuando se le acercó un hombre que tenía lepra en estado avanzado. Para comprender esta situación debemos entender cuán horrenda podía ser esta enfermedad de la piel. En los casos avanzados, las llagas provocaban que grandes partes de piel se pudrieran.  Un leproso podía perder los dedos, orejas o nariz. Dolía. Olía mal. Y nadie sabía cómo curarla. Sólo se podía esperar mucho sufrimiento y muerte segura.

La lepra también podía ser muy contagiosa, así que tenían ciertas reglas para tratar con los leprosos. Un leproso se consideraba «impuro» y tenía que vivir solo, fuera del pueblo. Nunca podía ir a la aldea y tenía que gritar una advertencia: «¡impuro!» si alguien se acercaba. Si alguien lo tocaba, esa persona también era considerada «impura». La única manera en la que un leproso podía escapar a esas normas era si un sacerdote declaraba que estaba sano.

Así que el hombre de nuestra historia estaba solo, sufriendo y era feo; había sido despreciado y le habían ordenado apartarse de los demás. La mayoría de gente que se encontraba con él deseaba que se muriera de una vez por todas. Pero cuando vio a Jesús, el leproso cayó de rodillas y con el rostro en el suelo le rogó a Jesús que lo limpiara.

Olvide por un momento lo que sabe de Jesús. Considere cómo podría responder una persona normal, o cómo respondería usted. ¿Se echaría hacia atrás? ¿Retrocedería algunos pasos? ¿Le recordaría al hombre que debido a su condición no debería estar en la aldea?

Bien, esto es lo que hizo Jesús: «Extendió la mano y lo tocó: “Sí quiero” dijo.  “¡Queda sano!” Al instante, la lepra desapareció» (Lucas 5:13, NTV). Después Jesús le dijo que se presentara ante el sacerdote como prueba de que había sido sanado.

Esa es la historia. ¿Qué aprendemos de Jesús en ella?

Jesús tiene un poder sin precedentes. Lo máximo que alguien podía esperar, razonablemente, era que se detuviera el avance de la lepra. Una recuperación total de las llagas y de los efectos de la enfermedad, que producían desfiguración, tomaría mucho tiempo. Pero no con Jesús. Él hizo que todo desapareciera en un instante. Ese es el poder inigualable de Dios.

Jesús es increíblemente bondadoso. Él hizo mucho más de lo que le pidió el leproso. Es probable que el hombre no hubiera sido tocado por alguien durante años, y el primer paso de Jesús fue darle la gracia del toque humano. Jesús estaba sintonizando con la necesidad del hombre de una manera que es notable para una persona tan poderosa; cualquiera pensaría que era un creído, pero Jesús no es así. En lo único que se centra es en la necesidad del hombre.

Jesús valora la fe. A primera vista podríamos pensar que el leproso se estaba portando mal, o que a Jesús no le importaba que la gente cumpliera con las reglas. Después de todo, Jesús no dijo nada respecto a la entrada del leproso a la aldea, pero después le dice que vaya a presentarse ante el sacerdote, así que las reglas sí que importan. Pero la primera regla es la fe. El leproso estaba siguiendo la primera regla de Jesús. Había desafiado el desprecio de la gente del pueblo y se había arriesgado a ser amonestado, o aún peor, a lanzar todas sus esperanzas a los pies de Jesús sin saber cuál sería el resultado. Jesús no le daría la espalda a una persona como él.

Jesús limpia a la gente impura. 
¿Por qué Jesús no se volvió impuro cuando tocó al leproso?  A cualquier otra persona le habría pasado eso. Así es como funcionan la impureza y la enfermedad; contaminan. La enfermedad se transfería a la persona que estaba limpia y sana. Pero con Jesús sucede lo contrario, ¡su limpieza se transfiere a la persona impura!

Todo esto significa que Jesús, esta persona todopoderosa y compasiva, también es nuestro Salvador cuando nos presentamos ante él con fe.
Nosotros también somos impuros y de una manera aún más fundamental que el leproso. Nosotros somos vergonzosamente pecadores, estamos atrapados en el egoísmo y la maldad, sufrimos espiritualmente, y somos feos y malolientes. Pero Jesús está perfectamente limpio. Él es la única persona que no tiene pecado, y si le pertenecemos a él, su limpieza se transfiere a nosotros. Se nos cuenta como limpios; somos perdonados y declarados justos.

Junto con esto, Jesús hace por nosotros todo lo que hizo por ese leproso. Nos salva de la muerte, sana nuestro sufrimiento, cancela nuestra vergüenza y nos hace espiritualmente hermosos. Lo mejor de todo es que acaba con nuestra soledad mediante su promesa de estar con nosotros para siempre. Sentimos el toque de la persona más maravillosa del universo, el Hijo de Dios mismo, y su caricia no nos abandonará jamás.

Jack Klumpenhower es escritor y trabaja en un ministerio de niños, vive en Colorado.